LA HISTORIA NO ES EL PASADO, PORQUE TRANSCURRE HOY .
El Museo Itinerante del Barrio de la Refinería, las Jornadas de Cronistas e Historiadores Barriales y el Museo Virtual están declarados de Interés Cultural por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario y el Honorable Concejo Municipal.
Personería Jurídica Otorgada por Resolución Nº325 del año 2010.
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miércoles, 26 de febrero de 2014

LOS SOLDADITOS "SCHNEIDER"

Uno de los objetos más comunes en nuestro museo son los soldaditos.
De metal o de plástico, los soldados de plomo han sido un juguete hoy casi en desuso, pero favorito durante casi un siglo. Las historias de la fabricación y consumo de soldados de plomo abundan en internet, pero hay unos soldaditos en particular que se encuentran con mucha frecuencia en anticuarios y otros museos.
Estos son planos, con bases en forma de un hexágono alargado y son interesantes por la historia que poseen.
Aviso de Schneider, c.1938
A comienzos del siglo XX, los soldaditos de plomo eran bastante comunes, aunque casi siempre  importados, sobre todo europeos. Probablemente viajantes al exterior, sobre todo a Francia e Inglaterra, los traían en cierta cantidad. Las marcas más frecuentes eran Britain y Mignot, que representaban los ejércitos de todo el mundo, además de boy-scouts, animales y plantas para fabricar escenas de combate o aventuras.
La condición de importado, hacía que el soldadito de plomo fuera consumido por niños de clases medias, que para las décadas de 1900- a 1930 eran una minoría, ya que Argentina era un país en crecimiento, con un gran aporte migratorio. 
Esto significaba una clase proletaria demográficamente importante, pero con salarios bajos. Un soldadito de plomo era un bien no de lujo, pero sí de costoso frente a juguetes caseros o muy baratos. Los testimonios de hombres ya octogenarios nos hablan de soldaditos de chapa o de pasta,  pero debemos tener en cuenta que su niñez abarcó los años 40, con una industria nacional en marcha.
Propaganda de Schneider, c. 1938
De todas formas, tener una "tropa" más o menos numerosa era costoso también, en Argentina o en Europa. Las cajas de Mignot eran atractivas, pero tenían un número limitado a cinco o diez unidades.
Probablemente frente a ese costo, la empresa de los Hermanos Schnneider empezaron a fabricar, por los años 20, moldes de metal resistente, para poder fabricar en casa cientos de soldados.
Esta firma hizo cientos de moldes de hierro  o aluminio, desde 1903 a 1938, cuando debido a la Segunda guerra Mundial debió cesar en su producción, dedicándose a la fabricación de hebillas de cinturón y medallas para las tropas alemanas, algunas de ellas muy conocidas. Hubo firmas también alemanas, como Menna y J-Deal, en base a estos moldes fabricaron soldaditos ya terminados, en cajas por lo general con imágenes atractivas en la tapa.
Aparentemente, en Argentina estos moldes Schneider también fueron introducidos, ya que son muy comunes soldaditos planos, cañones e indios norteamericanos que son claramente resultado de fundir metal y colarlo en estos antiguos moldes. También se han visto estos soldaditos con trajes y banderas de Chile  y México en esos países americanos. El italiano Silvio Poletti fundió soldaditos con estos moldes en Valparaíso, por ejemplo, a partir de 1936.
Cañones de molde Schneider, 1941 y 1990.
Museo Itinerante del Barrio de la Refinería
Es probable que estos moldes fueron traídos a nuestro país para solventar la carencia de soldados nacionales, buscados por una clase media ya poderosa, tanto en lo social como lo económico y político. Las pautas de consumo, cambiando cada vez más aceleradamente, originó a partir de los años 40 una industria del soldadito importante, con firmas famosas, como  luego serían Mambrú, Metralla o EG Toys. Las revistas de época -como Billiken- publicitan juguetes de todo tipo, para consumo de las clases medias, sumándose el prestigio de lo militar como institución. De allí que los soldaditos figuraran cadetes, soldados de infantería, marina, caballería y hasta policías de calle. Luego se sumarían cowboys e indios y un sinnúmero de figuritas de animales. 
Molde Schneider completo
Para los años 60 a 70, una nueva tanda de importaciones hizo que la industria nacional de estos juguetes cayera en una lenta decadencia. Resultaba dificultoso competir con la alta calidad de los soldados Britains o Timpo, a pesar del alto precio de estos juguetes. 
Los empresarios argentinos no fueron muy innovadores, limitándose a copiar una y otra vez los soldaditos -los ingleses sobre todo- para abaratarlos, pero con una calidad cada vez menor y con moldes cada vez mas gastados. 
Los padres, de este modo, podían comprar o grandes cantidades de soldaditos de pésima factura en un kiosco. O dos o tres, más caros y atractivos, en la Juguetería Pinocho de calle Córdoba. 
Agotado el producto como "vendible" en kioscos y librerías, los soldaditos argentinos pasaron a ser piezas de coleccionistas eruditos y los moldes Schneider aún disponibles entraron en la condición de antigüedad más o menos atractiva y sobre todo utilizable, dado el metal de gran calidad.
Indio cherokee, molde Schneider.
Colección Museo Itinerante
del Barrio de la Refinería
Los moldes, de metal duro -duraluminio o antimonio- poseían un mango y una prensa de acero de manera de sujetar las dos mitades del molde entre sí. Fundiendo la aleación de estaño y plomo en la hornalla de una cocina o en un mechero Bunsen, el metal líquido se colaba por un agujero en la parte superior. Para facilitar el desmolde, se le solía echar talco, antes de colar el metal. Una vez frío se desmoldaba.
Las bases de los soldaditos (rectangulares en el molde) solían ser hexagonales, dado que, para aprovechar al máximo la aleación, se le recortaban las esquinas al sacar la pieza del molde. 
Esta técnica, como se verá, es para un consumidor de clase media urbana: se necesita un suministro "parejo" de calor, como el gas, de modo que al menos para Buenos Aires, este tipo de fabricación casera debió comenzar, más o menos, a fines de los años 30, ay que el gas estuvo disponible en forma masiva para esa época. 
Los moldes, una vez establecida firmemente la industria nacional, con una oferta importante productos terminados, debieron caer en desuso, para ser rescatados por anticuarios y coleccionistas, que les dieron un nuevo uso.
Tropas "argentinas" Schneider.
Colección Museo Itinerante 
del Barrio de la Refinería
De este modo, no es raro hallar soldaditos para pintar fundidos en reluciente estaño, fabricados recientemente aunque con una moldería añosa. 
Los que hemos detectado son tropas francesas o prusianas en combate, árboles, soldados alemanes con banderas o radio, jinetes del tipo húsar, un cañón plano con ruedas de rayos y un indio cherokee a caballo, revólver en mano. El Museo posee varios ejemplares de factura moderna, o sea copias actuales, y una colección incompleta de tropas pintadas con banderas argentinas, con cascos dorados y color verde claro para el uniforme, todo de fantasía, ya que no coincide con los uniformes históricamente auténticos. 
Los soldados hechos en casa constituyeron, aparentemente, una forma práctica de eludir el costo de las unidades importadas. 
De acuerdo a precios de 1930, una caja de 10 soldaditos importados costaba unos 3 pesos, y un traje costaba 120 pesos. Rápidamente, podemos calcular que cada soldadito individual, en proporción con un traje para la oficina, hoy costaría unos 3 pesos actuales. Se justifica así disponer de varios moldes para poder fabricar grandes cantidades de soldados. 
Esta diferencia entre la industrialización argentina y su contraparte europea, implica que los objetos de museo (en realidad, todos los objetos) por detrás de su apariencia inocua o o sobreentendida, a veces ocultan historias que abarcan cuestiones que han marcado y aún definen nuestro presente.
Curiosamente, Schneider nunca fabricó soldaditos. 

sábado, 15 de febrero de 2014

CARNAVAL EN ALGUNAS CUADRAS DE MI BARRIO ( REFINERÍA)

Luego de algún tiempo de no acceder al blog, por cuestiones técnicas de la página, reanudamos el trabajo de investigación y recopilación del patrimonio oral. 
Para recomenzar, hemos elegido un texto enviado por Edgardo Landaluce donde cuenta  sus memorias del carnaval. 
Agradecemos a "Poroto" por sus bienvenidas historias, y aprovechamos para pedirle disculpas por la demora.

Volviendo a las historias ,  recuerdos de mi barrio, vino a mi  aquellos días de carnavales allá por finales de los 50 principio de los 60 y un poquito más.
Eran los días del carnaval una diversión, donde todo el barrio de alguna u otra manera recordaba, a dichos de ciertas personas, esas fiestas paganas, para otros, solo era un momento de diversión , donde se juntaban principalmente los chicos con sus tachitos de leche “Nido”, o latas de aceite “Patito” , algún balde o simplemente una vasija plástica donde juntar agua para mojar al principio al genero opuesto, después de transcurrido un tiempo, a cualquiera que se le cruzara en el camino.
Para que los chicos no se pelearan en una canilla para cargar primero su tacho, en algunas casas se ponía un fuentón grande de zinc; marca “Jaguar”, se iba llenando con una manguera , de allí se sacaba el agua para su tachito. Pero no eran solamente los chicos , también las madres, los abuelos, o sea casi todos los vecinos de la cuadra y la cuadra siguiente.
Recuerdo que la casa de mi abuelo , la primera de un largo terreno, tenia una terraza  que daba a la calle y al pasillo de entrada de las otras casas de atrás, en ella se juntaban varios vecino, en esa terraza, juntaban tachos y fuentones con agua, luego otros abajo trataban de meter  a las vecinas al pasillo, pues la corrían para mojarlas por la calle,  ellas se metían al pasillo para resguardarse y cargar agua en sus tachos, en ese momento al entrar las acorralaban , desde arriba era un vendaval de agua que les caía encima, no podían salir porque en la entrada se paraba un hombre con una manguera en mano y también las mojaba.


Hablando con un viejo vecino del barrio; un poquito más grande que yo; no mucho, me hizo acordar que una vez en un carnaval de esos que jugaban todos en el barrio, abuelas, madres, hermanas, hijos;  dos o tres vecinos  hicieron subir  a las mujeres en el carro del reparto de soda de  “Franco” con la excusa de sacarles una foto de recuerdo, cuando eran varias las que subieron entusiasmadas para que ese momento quede para la posteridad , un vecino al  que le decían “Pepo” tomo las varas del carro y  comenzó a pasearlas por la calle, dando vuelta a la manzana,  mientras otros vecinos al paso del carro les tiraban agua a más no poder, ellas no podían bajarse por estar  en movimiento, al final, si les sacaron la foto, pero quedaron tan mojadas que tuvieron que irse a cambiar de ropa para continuar la fiesta.
Una vez terminado el juego con agua , que casi siempre era a la hora de la siesta, las chicas y los muchachos se encaminaban hacia el club Alba Roja, el que estaba casi al fondo del terreno de mi abuelo, esas chicas y chicos venían a preparar el club para el baile nocturno,  acomodar las sillas, limpiar el piso, poner el toldo, pues la pista era al aire libre, no era un salón, era un patio interno, solo había un baño con puerta de vidrio repartido y una claraboya ovalada dividida en  cuatro vidrios, también había un viejo pileton de material que se usaba para poner la bebida,  que luego se vendía para recaudar fondos para el club.
Les cuento también que la música era con disco de pasta y la bendita púa de metal que siempre se rompía o se gastaba en medio del baile, había que parar para cambiarla , el tocadiscos, así se llamaba el aparato para reproducir la música, cuya cubierta  era de madera, algo rustico, hecho por un carpintero vecino expresamente para el club, al igual que los parlantes.

Bien avanzada la tarde, antes del baile se jugaba con un pomo de goma, recuerdo uno de dos colores, el cuerpo rosa y la tapa amarilla, se podía llenar apretándolo completamente e introducirlo en un balde con agua  dejándolo que se infle entrando el agua a través del agujerito de donde después salía el agua a chorros, cuando lo apretabas,  o sacarle  la tapa tipo tetina, puesta a presión y llenarlo en la canilla directamente.
Luego empezaron a aparecer los pomos plásticos con figuras de los superhéroes de esos tiempos, también figuras de animales, todo servia para divertirse en ese momento.
En algunos bailes solo dejaban utilizar pomos de plomo, como los envases de plásticos de los dentífricos actuales, pero un poco más grande, esos pomos tenían cargada agua perfumada, era imposible rellenarlos, solo servían luego de usarlos, para venderlos como plomo.
A fines del 60 y principio de los 70 en los bailes, el pomo fue reemplazado por un  sachet de plástico, de dimensiones más chicas que los de plomo, llenos también con agua perfumada, eran más fácil de fabricar, no tenían tapa,  solo había que perforarlo y a jugar.
En mi recuerdo no me puedo olvidar de los desfiles de murgas, comparsas, mascaritas sueltas, en la avenida Alberdi, que en tiempo de carnavales se engalanaba con sus luces y música .
Otro momento que me viene a la memoria , pero que salía de nuestro  barrio, era que por ese tiempo, para los carnavales, cuando uno pasaba por la estación  de trenes Rosario Norte en la vereda de enfrente se veía paseando al poeta Aragón, pero vestido con un traje largo, con capa, color rojo con flecos, guardas, color amarillo  como si fuera un rey, portaba un bastón de mando; en su cabeza, una corona: le decían el Rey Momo.
Los tiempos fueron cambiando, o nosotros fuimos cambiando, ya el barrio dejo de jugar al carnaval, solo los chicos se divertían por esos días con el agua , por la tarde eran ellos mismos los que se disfrazaban y salían a la calle a recorrer el barrio.
Espero que esta historia los lleve a esos años, donde había tiempo para todo, reunirse, trabajar ,  divertirse, perder tiempo con tu vecino hablando, los chicos jugando a la bolita, las chicas a la muñeca , las figuritas o simplemente a la arrimadita con una piedra, tan simple como eso, vivir el tiempo, la vida ;  no se si fueron tiempos mejores o peores, eran otros tiempos, esto es una forma de poder volver a vivir nuestras vida en  ese barrio.           
                                                                                         Edgardo “Poroto “ Landaluce  08/2012

jueves, 22 de noviembre de 2012

ALBA ROJA, CLUB DEL BARRIO

Los clubes de barrio a veces están marcado por la política.
El club Alba Roja tenía un marcado tinte izquierdista en su nombre. ¿De donde provenía dicho apelativo, en época de la Guerra Fría y el conflicto de Corea?
Si bien esto fue una anécdota, veamos un poco de su curiosa historia, basándonos en una entrevista realizada por el antropólogo Soccorso “Nino” Volpe en el año 2007. Cuenta Salvador Terrazzino: 
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“Originalmente se llamaba Club Losada, debido a la tienda del mismo nombre que existía en la esquina de Gorriti y Boulevard Avellaneda, el presidente de ese club fue mucho tiempo un señor de apellido Belavita. Pasado el tiempo y como esta tienda no se hacia cargo de los gastos de las camisetas y pantalones se decide cambiar de nombre...."
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Añadimos que Losada era una tienda del barrio, muy conocida, ubicada en Gorriti 799, era propiedad de los hermanos Losada, que fundaron el club que llevaba su nombre en 1948. Evidentemente, los propietarios dela tienda deciden no seguir solventando el club, cuyo presidente era Victorio Belavita, un profesional que ejercía como abogado. No hay muchos datos de este letrado, pero podemos saber que vivía en calle Vélez Sarsfield 628.
 
“En ese entonces por el año 1952 el presidente seguía siendo el mismo Belavita cuando se toma la decisión de cambiar de nombre, este señor Belavita, era de ideología política comunista, por eso es que se elige nombre de ALBA ROJA y se elige el color rojo en la camiseta.”
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La camiseta original pareció ser completamente roja para ser luego  como la que mostramos arriba, en cuarteles en aspa blancos y rojos. Algunas muestran al equipo con camisetas  blancas con una franja roja, o bien con una V de ese color.
Aquí al lado mostramos tres versiones, ilustradas por Nino Volpe. No hay que confundir la camiseta con cuello de diseño en V de Alba Roja con la de Defensores de Vélez Sársfield, cuyo diseño era azul.
Podemos decir que las camisetas tuvieron tres etapas: 
  • Originales de Losada: camiseta totalmente roja, con logotipo de la empresa.
  • Primera etapa Alba Roja: en "escaque" roja y blanca, o sea cuadros opuestos como en ajedrez.
  • Segunda etapa: triángulos en los flancos "en aspa" mangas rojas y puños blancos.
  • Tercera etapa,: como la actual de Vélez Sársfield pero con la V roja algo más baja (no es el cuello)
Retomando la biografía de nuestra institución, con su nuevo nombre y desvinculado de los hermanos Losada, se realiza la mudanza: el club se traslada a un patio que había en el interior de la vivienda de la familia Candolfi en la calle Santa María de Oro 320 bis. La nueva casa según nos cuenta Edgardo "poroto" Landaluce:
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"era el patio de la casa de mi abuelo, ese patio se convirtió primero en un taller de lencería de mi madre y un hermano, bajo la firma "LAN-CAN", o sea, Landaluce - Candolfi".   
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Y describe don Salvador, en base a lo que le contò don Landaluce:
"En ese patio se instaló un sistema de cierre, un toldo, para hacer el techo, cada vez que se hacían bailes o fiestas para recaudar fondos para el club, se cubría para no estar a la intemperie con lonas blancas, sostenidas por alambres de lado a lado.
El tiempo que existió ese club puede ser del 1952 al 1959… 60... no estaba este club registrado en ningún lugar, todo se hacia a puro esfuerzo de los participantes”.
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La comisión estuvo integrada por habitantes del barrio Refinería: Victorio Belavita como presidente, “Pocho” Montivero como su sucesor, Hugo González, tesorero;  Luis Zambruno, Osvaldo Candolfi y otros vecinos. Entre los jugadores del Alba Roja se pueden rescatar los nombres de Omar “Pato”  Pastoriza, que inicialmente jugó en Rosario Central y Federico Vairo, jugador de River Plate de 1955 a 1958 (derecha). 
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“Otros jugadores como Panasi, Wallher y Villarino, estos dos últimos se fueron a jugar a Montevideo, otros que integro el equipo eran, uno de los hermanos Montivero, "Forico", el arquero era Manuel Codes.”
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De Alba Roja surgen los 7 grandes (foto de abajo) un famoso equipo del barrio que ganó varios torneos en la canchita del colegio Boneo  y en la cancha de Vélez Sarsfield, que estaba ubicada cerca de los silos, cerca de donde hoy se ubican las nuevas torres. Este sub-equipo, que actuaba de manera independiente, será objeto de una nueva historia, dado lo interesante de su origen.
Volviendo a nuestro club, su nombre completo era Club Social y Deportivo Alba Roja.
Como club social, tenía un conjunto de baile folklórico, y según nos cuenta Edgardo Landaluce, el profesor era un señor de apellido Olmos. 
Mediante estas actividades sociales se recaudaban fondos para el club ofreciendo el espectáculo en los distintos lugares y clubes de la ciudad. Los integrantes de ese conjunto tradicionalista eran chicos del mismo barrio: .........
 
“...los hermanos Zaffaroni, Adriana Martín, Zulma y Norberto Zambruno,  Edgardo “Poroto” Landaluce, Cristina Zambruno, Nora Penino, Clotilde y otros…”
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Este club -de efímera historia, ya que existió por sólo ocho años- tuvo la virtud de aglutinar a muchos vecinos en un proyecto social específico, como era la práctica del fútbol amateur, esencialmente masculino, pero que brindaba una apertura a las chicas del barrio en su componente social.
Alba Roja es uno de los miles de ejemplos de clubes de barrio argentinos, justificados en la necesidad de socialización más allá de la mera vecindad o cercanía, pero precisamente basándose en el conocimiento vecinal. 
El club, como institución, cumplía una función barrial clave: el del mutuo reconocimiento, sea mediante el juego, la danza o la sencilla participación en las tareas  propias de las actividades sociales. En la foto de aquì abajo se ve la amplia participaciòn de los vecinos, sencillamente para encontrarse, reconocerse y charlar en un ámbito común. 
...
Así, el club se separaba de la Vecinal, destinada a labores esencialmente de infraestructura barrial, y de la escuela, dedicada a la enseñanza. Más afinidad había con la iglesia, puesto que era un lugar también de reconocimiento mutuo en la creencia católica. 
Hoy el resultado está a la vista: los antiguos participantes conocen perfecamente a sus ex-compañeros de juego, recordando detalles minuciosos, dado que el club "socializó" fuertemente a sus integrantes en su temprana juventud.
Pero este rol social tenìa un límite: la socializaciòn misma.
El club tenía un papel que con el tiempo resultó inútil, puesto que todos ya se conocían e interactuaban, y las viejas funciones fueron tomadas por otras instituciones, tal vez más eficaces y adaptadas a los tiempos nuevos, en las que participarìan los hijos y nietos de los viejos jugadores. 
El club ya no tendrìa el atractivo juvenil y fundante de la década del 50. 
Las nuevas generaciones tendrìan un menú más amplio de socializaciones y recursos disponibles y con el tiempo, ya avanzado el siglo XX, el uso del ocio luego de la fábrica o la oficina pasò a cubrirse con otras actividades más individuales o cerradas.
Quedan para el recuerdo  las sucesivas presidencias, segùn Edgardo Landaluce:

"... Belavita fue por poco tiempo el presidente, luego lo sucedio el vecino conocido como el "chino" Salazar, al termino del mandato lo reemplazo Luis (el pelado) Zambruno (...)"
"y por ultimo Agustin (Pocho) Montivero, que fue la persona que bajo su mandato, hizo el último acta y la donacion de los bienes."
 ...
Un final melancòlico, de tiempos idos ¿que bienes habrá tenido y que dirían esas actas?
El viejo Club Social y Deportivo Alba Roja, ex Club Losada, ejemplo de la época dorada de los clubes barriales, desapareció en 1960, sin mayor ruido.
Tal como había llegado.
 
(En base a entrevista realizada por el Lic. Soccorso Volpe a Salvador Terrazzino, en 2007 y testimonios de Edgardo Landaluce, que suministró las fotos)

martes, 6 de noviembre de 2012

VII JORNADAS DE HISTORIADORES Y CRONISTAS BARRIALES 2012


Con la temática de El Carnaval, el pasado 26 y 27 de octubre  se realizaron las VII  Jornadas Nacionales de Historiadores y Cronistas Barriales.
Estas Jornadas se realizan mediante el trabajo conjunto del Museo Itinerante del Barrio de la Refinería y el Centro Cultural Cine Lumiere, dependiente de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario.
Con la presentación de 15 ponencias, esta nueva edición de las Jornadas permitió recorrer la temática carnavalesca desde diversos puntos de vista: barrial, étnico, histórico, y también desde las perspectivas costumbrista, museológica y científica.
Las ponencias superaron las expectativas en cuanto a calidad, ya que en todas las presentaciones, el material visual cuidadosamente elegido le permitió al público acceder a imágenes del carnaval actual o del pasado.
Especial atención merecen dos ponencias de investigadores de Colombia, una de las cuales se efectuó vía teleconferencia. Esta modalidad permitirá en un futuro implementar nuevas formas de presentación e intercambio.
 
En el marco de las jornadas, creemos que lo más importante fue el ámbito de vinculación entre ponentes y participantes.
 
Desde el inicio de las Jornadas, allá por el año 2006, se privilegiaron el contacto interpersonal y grupal, la formación de amistades y el intercambio de material histórico  o institucional.
Una muestra de fotografías de Guillermo Turín prestó un adecuado e interesante marco al encuentro y finalmente, la presencia de una murga barrial, presentada por la Secretaría de Cultura municipal, puso un cierre divertido y participativo a las Jornadas.
 

Realizado el evento, y escuchadas las ponencias, desde el museo es necesario reflexionar acerca del estado actual del carnaval como institución histórica y social.

Podemos hipotetizar que el carnaval participativo, barrial y popular permanece activo en las barriadas humildes y en los grupos étnicos, y sigue desarrollándose con múltiples influencias y estilos. Paralelamente, el carnaval-espectáculo, de influencias claramente brasileñas y uruguayas, sigue otro camino, destinado sobre todo a las clases medias. Éstas leen que el viejo carnaval desapareció, cuando en realidad estas clases han cambiado su posición en la estructura social. Esto nos debe hacer pensar acerca de la dinámica de las costumbres y su evolución en el tiempo, que son un reflejo de los cambios en las sociedades. Por otro lado, la habitual –y muy antigua- “nostalgia del carnaval” obedecería tanto a estos cambios sociales, como en la perspectiva de los individuos, que ven al carnaval como un evento que transcurrió en su pasada juventud.
En este sentido, el carnaval es una forma de ver la historia colectiva y los cambios culturales que han tenido los países a lo largo del tiempo.
Finalmente, consideramos que la elección de las temáticas debe reflejar el estado del interés en la historia, tanto del público como de los estudiosos e investigadores.
 
De este modo, el Museo Itinerante del Barrio de la Refinería se encuentra abocado a realizar una nueva convocatoria, que permita en torno a los temas comunes tanto la participación como la formación de nuevas relaciones entre las personas.

RESTAURACIONES DEL MUSEO

El museo a veces recibe objetos cuyo estado es malo o muy malo. Faltante de partes, piezas rotas, o fallas de funcionamiento es muy común en las piezas recibidas.
A veces el objeto está sucio, o presenta un aspecto desfigurado, por la presencia de óxidos, o la falta de su capa de pintura.
Ante estos problemas, muchas veces hay que restaurar.
 
Y se nos presenta un dilema importante.
 
Si el museo restaura ese objeto, lo deja en buenas condiciones, pierde parte de su carácter de antigüedad, y la restauración borra aspectos importantes que define a los objetos que tienen mucho tiempo: las marcas del uso, las pátinas producidas por el tiempo. Si se restaura, el riesgo es que la pieza sencillamente parezca nueva, recién comprada o fabricada, y su antigüedad se reduzca nada más que a una forma que hoy nos resulta rara.
Si no se restaura –y he ahí el dilema- el objeto donado puede ser irreconocible o parecer roto, fragmentado o incompleto. También el estado del objeto puede ser patológico, y en pocos meses sin ser restaurado un objeto puede simplemente destruirse.
Frente a esta problemática, el Museo trata de congeniar ambas posturas –restauro a nuevo o no restaurar- en lo que se llama restauración crítica.
Esta modalidad consiste básicamente en cuatro pasos sucesivos:
  • Estudiar el objeto para observar su carácter original y compararlo con el estado restaurado a futuro.
  • Determinar concretamente que partes reponer, cambiar o eliminar; que aspectos no deben quedar y cuales si.
  • Elegir las técnicas y materiales adecuados, que no agredan el objeto pero que cumplan con el objetivo de restaurarlo.
  • Prever la futura conservación
 
A modo de ejemplo, presentamos una cámara de tipo cajón metálico Kodak Hawkeye N°2, cuya fabricación se fechó en la década del 20 del siglo pasado.
Fue donada por Marcelo Parachú, un vecino del barrio y colaborador habitual del Museo.
Este tipo de cámara era muy barata y efectiva, y no era raro que aparecieran en las casas.
La cámara estaba sucia y oxidada, y sus partes estaban flojas. Faltaban piezas fundamentales, como la lente frontal y algunos resortes.
Se decidió realizar una limpieza, para retirar los óxidos que corroían la carcaza, y se la desarmó por completo. Se pudo ver que el interior tenía mucho polvo, y los resortes habían salido de sus retenes.
Comparándolo con el aspecto del objeto original, la cámara estaba oxidada, pero también muy usada, con desgastes evidentes.
Se decidió retirar la suciedad, reponer parcialmente el color negro de la carcaza pero preservando los desgastes, y recuperar parcialmente el funcionamiento, a la espera de poder obtener una nueva lente, hoy irrecuperable.
De esta forma, el objeto quedaría “antiguo” y a la vez, saneado. Por lo tanto podrìa exhibirse en una muestra, o enseñar cómo funcionaba, sin necesidad de tomar fotos con la cámara.
Finalizada la restauración, pudimos ver que ésta es una operación delicada, que requiere cierta habilidad manual, y también un criterio.
Un objeto “ripristinato”, o sea “renovado completamente” pierde su carácter de cosa antigua, usada, con una biografía.
No se trata de "dejar a nuevo" sino que se rpeserve una "dignidad" del objeto antiguo, que es lo atrayente de estos vestigios materiales y lo que le da su carácter de legitimiddad y autenticidad.
 
El museo trata de recuperar esas biografías y que el objeto siga su curso vital, y mientras más tiempo, mejor. Pero sin perder de vista que es un valioso portador de información, la cual no viene solamente de su origen, sino también del tiempo que ha vivido entre nosotros.